viernes, 31 de diciembre de 2010

Un nuevo año.

¡Se nos acaba el año!
Está escapando el tiempo, deslizándose entre nuestras manos, resbalando, huyendo como un ladrón en medio de la noche.
Ha sido un año duro, para qué negarlo, y además, este año venidero presenta un horizonte muy gris, como una tormenta que se nos va acercando.
No sé, tal vez sea la melancolía, o tal vez que me hago mayor... El caso es que no puedo evitar en ocasiones estos pequeños brotes (no verdes, por supuesto) de tristeza.
Tan sólo os dejo como regalo un pequeño texto, de un escritor norteamericano, Lucius Shepard, y por supuesto os deseo que el año venidero sea el mejor de vuestras vidas. ¡Un abrazo!
"Cuando las tragedias de los demás acaban convirtiéndose en nuestras diversiones, historias tristes con las que cautivar a nuestros amigos, fragmentos de datos interesantes que arrojarnos unos a otros en las fiestas, un medio de ofrecer una postura que demuestre nuestro compromiso político, o lo que sea... Bueno, cuando algo de eso ocurre cometemos el más grave de todos los pecados, nos condenamos a la ignominia y hacemos que el mundo vaya por un rumbo peligroso. Empezamos a justificar el no hacer caso del dolor y el sufrimiento representándonos a nosotros mismos como gente buena que se ve incapacitada por las fuerzas inexorables del hambre, la pobreza y la guerra. ¿Qué puedo hacer? -decimos-. No soy más que un individuo, y todas esas cosas están más allá de mi control. Los problemas del mundo me preocupan mucho, pero no tienen solución.
Y aunque quizás eso sea muy cierto, la mayor parte de nosotros confiamos en que lo sea porque lo usamos para enmascarar nuestro conformismo, nuestra profundamente enraizada falta de preocupación por lo que ocurre, nuestra patológica fijación con nosotros mismos. Al adoptar esa actitud reducimos las posibilidades de actuar, dejando que los acontecimientos progresen hasta un punto en el cual podemos decir con toda la razón del mundo que no se puede hacer nada. Y así nacemos, crecemos, somos felices, nos entristecemos, luchamos con los problemas que tienen importancia para nosotros, enfermamos de cáncer o sufrimos un accidente de automóvil y al final todas nuestras acciones resultan insignificantes. Algunos les dirán que sentirse culpable o tener remordimientos por la vasta inacción que caracteriza a nuestra sociedad no es más que una tontería; esa gente insite en que la vida es claramente injusta, y que no podemos hacer nada salvo cuidar de nosotros mismos. Quizá tenga razón; quizás estamos tan atrapados por nuestras ideas que no podemos cambiar nada. Puede que el mundo sea así en realidad. Pero por el bien de mi alma y porque no deseo seguir ocultando mis pecados bajo la excusa de la incapacidad humana, yo les digo que no es así."

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